15 ene. 2014

Laberinto

Empezamos el recorrido buscando el acceso a nuestros sueños, escarbando entre sentimientos hasta dar con una pequeña ranura circular en la que insertar nuestra mente. Si se hace correctamente surgirán desde las profundidades dos columnas vestidas de hiedra que se inclinarán la una hacia la otra hasta tocarse: éste es el acceso al laberinto y el lugar en el que habremos de caminar con paso firme si no queremos perdernos antes de empezar.

Seguidamente hay una plaza con una fuente en el centro y bancos de piedra flanqueados por estatuas sin mirada. Veremos muchos caminos que se abren pero no se ha de coger ninguno de ellos hasta beber de la fuente. Luego, a la izquierda, podremos notar que sólo existe un camino, cojámoslo y no miremos atrás. Es muy importante que contemos cada latido de nuestro corazón: centrémonos en los sonidos, cerremos los ojos y así notaremos una melodia que nos guiará hasta la siguiente bifurcación.

Ahora tendremos que correr hacia el camino de la derecha y seguirlo sin disminuir la velocidad hasta la plaza de mármol del final. Si dejáramos de correr el suelo se desintegraría bajo nuestros pies y caeríamos al vacío oscuro sin posibilidad de volver a tocar tierra firme nunca más.

La plaza de mármol es un lugar de creación donde plasmar ideas que se esconden en la retaguardia de nuestra alma. Dejarse llevar y no oponer resistencia es imperativo. Fluiremos con sonidos áureos que nos envolverán plásticamente. Cerraremos los ojos, respiraremos profundamente y dejaremos de sentir poco a poco nuestro cuerpo: nuestros pies, primero, nuestras piernas, nuestro cuerpo... Sentiremos cada vez menos peso y más fuerza mientras perdemos nuestras manos, nuestro rostro, nuestra cabeza.


A partir de aquí flotaremos hasta la profundidad más absoluta hasta que notemos que hemos salido del laberinto.




Perderse es encontrarse.
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