7 feb. 2012

07/02

El día se siente como el silencio de la nevada: es un estruendo sordo y quedo que pausado amortigua el aire. Pasan las jornadas y las heridas cicatrizan hasta dejarnos señal. Y luego vienen las consecuencias como secuelas imprevistas de la cotidianidad.

Rellenar los espacios que nos duelen con verborrea infinita, levantarse cada día como una inercia más, ejecutar el salto mortal de la huida hacia delante y Dios dirá, Dios proveerá...

Hay maneras de caer y maneras de levantarse, algunas mejores que otras. A veces hay que plegar el cuerpo y echar a rodar hacia delante para esquivar los golpes o para avanzar y golpear. A veces hay que abandonarse a los reflejos de la vida, a los instintos de la supervivencia y dejarse caer y rodar.

Y cuando te desprendes de ti y te dejas llevar ya no notas el alarido de la urgencia, de la herida abierta. Y es mejor, porque es más eficaz. Ensordecerse o ralentizarse para poderte curar.

Primero viene el silencio, luego viene la caída, después queda avanzar.

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