27 feb. 2012

Esto es lo que pasa cuando haces el tonto

Que los sentimientos apestan es algo que muchas veces he comprobado. Sigo teniendo una pequeña esperanza de que tener sentimientos es por lo que la vida vale la pena pero la realidad es que a veces es mejor no tenerlos o, como mínimo, controlarlos mejor.

Bien, hoy me he despertado con la determinación de avanzar. Porque llevo meses desperdiciando mi vida atada a sentimientos y nostalgias y memeces. 

Cuando haces el tonto solo pierdes el tiempo.

Así que ya me he cansado de perder mi tiempo. Es tiempo de avanzar.

25 feb. 2012

Auto-destrucción o purificación por caos

Siempre me han atraído las acciones destructivas como generadoras del orden. Siempre he creído firmemente que las cosas se han de romper, destrozar en minúsculos pedacitos, para poder regenerar y crear cosas nuevas. Bueno, quizás no nuevas, quizás remasterizadas o algo así.

Pero me doy cuenta a la vez que no soy una persona que aplique este concepto a su vida. Soy más de abandonar el edificio hasta que queda en ruinas por el mero abandono, no porque hiciera algo al respecto. Así que mi interior es un paisaje de lugares dejados de la mano de Dios, renuncias y huidas hacia delante. En mi interior no hay Ayuntamiento desalmado ni constructora feroz dispuestos a recalificar los terrenos de mi ser y derribar y construir nuevos edificios para remodelar el paisaje. Solo el erial de lo perdido, de lo abandonado, de lo forzado a olvidar.

Me doy cuenta de que me he metido la mano en el pecho demasiadas veces arrancando de mí lo que me impedía seguir avanzando. Es el truco de la improvisación, creo, el arte del actor que continúa con la escena aunque algo haya salido mal en el escenario. Mi vida es teatro, entonces. Y aunque no lo siento como una mentira sí que es cierto que lo dejado atrás pesa asquerosamente. He improvisado tantas veces ya que ha dejado de ser un triunfo, una habilidad, para ser una maldición y una desagradable costumbre. 

Soy quien quiero ser pero no hago lo que soy. Tan familiar me resulta racionalizar y argumentar mis miserias que ya no tiene mérito. Y me he dado cuenta de que no he roto las cosas, he dejado que se estropeen. Y nada más. Las cosas estropeadas están rotas pero no exactamente porque se hayan forzado, sino porque se han desgastado.

Y es lo que queda en mí: el miedo a romper las cosas. Querer hacer las cosas bien. Seguir el concepto de correcto, justo, bueno, adecuado. Seguir las normas, pero las de los demás. Intentar entender las reglas de los juegos e intentar ganar con las posibilidades, trucos y huecos del propio juego no funciona. Sé que no funciona. Sé que hay que confiar en uno mismo. Sé que mis reglas son las que necesito y que si viviera según ellas estaría rodeada de las personas y los paisajes que son de verdad para mí. Pero el miedo a romper las cosas es demasiado fuerte. Y también la adicción a ganar colándose por el hueco del contrato que nadie había visto.

Así que aplicándome la reducción máxima posible en el momento actual soy la suma del miedo a la ruptura y de la necesidad de ganar siendo más lista que nadie.

Asqueroso.

Todas las veces que no he hecho algo por miedo a las consecuencias aferrándome a la convicción de que dominar con maestría las reglas iba a darme tarde o temprano lo que quería estaba simplemente retrasando la catástrofe.

Todavía no me siento preparada para romper todas las cosas que necesito romper. Todavía no me siento lista para destruirme y destrozarme la vida por completo. Pero me siento diferente. Siento muchas ganas de cagarla a saco, de convertir mi vida en un jodido desastre, en el caos más grande y absoluto. Es una sensación que me empuja desde el fondo de mi corazón. No estoy segura de que vaya a abandonarme a ella, no quiero engañarme ni engañar a nadie: soy una cobarde que odia correr riesgos. Pero siento que está ahí, esa parte que odio y amo de mí: la parte capaz de ser perversa, dañina, libre y egoísta. La noto removerse. 

Necesito algo devastador que me trague, me destruya y me reduzca a la más miserable de las nadas. Necesito el caos, el sufrimiento para poder recomponerme. Me da miedo y a la vez sé que si ha de pasar, simplemente pasará.

19 feb. 2012

19/02

Siempre la distancia y el momento perdido. Siempre la palabra que no se dice.

Siempre la duda del pensamiento brevemente atisbado, nunca desvelado. 

Por si acaso.

Sabernos cerca y lejos por costumbre, por incomprensión y por silencio. No saber lo que hice.

Cerrar los ojos y no vernos.

Abrirlos y no encontrarnos.

Tejidos en la red inconsistente de nuestras ausencias los perdidos momentos de nuestra noche.

Abortada la misión de nuestra existencia.

Y siempre sabernos.

18 feb. 2012

Inconexo

Un borrón, un nombre tachado,
fuera de la lista.

Un esquema mal planteado,
una nota de una mala llamada.

Un momento de nostalgia apagado,
musitada una pena.

No eres eso y lo soy yo, comprobado.

Nieve.

Un recuerdo.

Pasado.

En el presente.

7 feb. 2012

07/02

El día se siente como el silencio de la nevada: es un estruendo sordo y quedo que pausado amortigua el aire. Pasan las jornadas y las heridas cicatrizan hasta dejarnos señal. Y luego vienen las consecuencias como secuelas imprevistas de la cotidianidad.

Rellenar los espacios que nos duelen con verborrea infinita, levantarse cada día como una inercia más, ejecutar el salto mortal de la huida hacia delante y Dios dirá, Dios proveerá...

Hay maneras de caer y maneras de levantarse, algunas mejores que otras. A veces hay que plegar el cuerpo y echar a rodar hacia delante para esquivar los golpes o para avanzar y golpear. A veces hay que abandonarse a los reflejos de la vida, a los instintos de la supervivencia y dejarse caer y rodar.

Y cuando te desprendes de ti y te dejas llevar ya no notas el alarido de la urgencia, de la herida abierta. Y es mejor, porque es más eficaz. Ensordecerse o ralentizarse para poderte curar.

Primero viene el silencio, luego viene la caída, después queda avanzar.