29 sept. 2011

Espectador

Mirar es una actividad que va más allá de posar los ojos sobre algo o alguien: es un trabajo de reconocimiento del exterior, de comprensión de lo distinto a nosotros y de apreciación de la realidad como abstracción estática de la mutabilidad de la vida.

Y ya no solo mirar exige una acción consciente por parte de quien mira, sino que ser espectador de cualquier actividad o suceso, sea humano o no, obliga a una apertura de nuestros sentidos y nuestro intelecto.

Por eso el arte, en cualquier expresión, es mucho más que el producto del trabajo de otro. El arte es una conversación a tres bandas que pide del espectador más de lo que a simple vista podamos imaginar: el autor comunica con el espectador, pero también con su obra mientras que esta habla con el espectador y a su vez él habla con los dos primeros. Se establece una cadena de significados donde el significante es un integrante más de la charla y donde el receptor ha de trabajar concienzudamente no solo en desentrañar el código y comprender el mensaje, sino también en participar de este añadiendo algo de sí mismo.

En resumen, es una comunión perfecta, que bien realizada lleva a la satisfacción emocional e intelectual máxima. Una suerte de perfección que se produce al sublimar lo estético y profundizar en el propio conocimiento.

Es importante cuidar todas las partes de la cadena. Es importante considerar el papel de cada una de ellas. Aunque lo que produzca el artista siempre puede ser criticable, su obra vilipendiada o el espectador incomprendido, se ha de apreciar siempre la fiesta de la comunicación que suponen. En un mundo donde hay tanta soledad hay que celebrar cualquier cosa que pueda unir a las personas.

Mirar o simplemente estar tiene un gran valor y cuando realizas el ejercicio de abrirte totalmente a lo que está ante ti construyes un nuevo significado único y hermoso por su mera existencia.



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