20 abr. 2008

Quemar etapas

Al final, me he salido con la mía.

Eso es lo que todo el mundo piensa. Incluso yo misma, por segundos, lo creo. Como si realmente haya sido artífice de lo que ha sucedido.


Me explicaré, para que se vea claro.


Resulta que yo trabajo (trabajaba) en Barcelona, en las oficinas del cliente de mi jefe. Yo allí me dedicaba a vender telecomunicaciones (en una fase inicial del proyecto) a PYMES, luego estuve haciendo tareas de back office (o lo que es lo mismo, de asistenta, secretaria, oficinista, becaria, último mono y chivo expiatorio) de uno de los mandamases del cliente de mi jefe, y finalmente, pasé a (des)formar parte del departamento de Servicios al Cliente de la compañía (es decir, haciendo nada y todo, desagradable, poco productivo y desagradecido a mi comercial entender).


En todo este tiempo mi desidia, hastío, hartazgo, escepticismo, cinismo y un largo etcétera de sentimientos negativos crecieron hasta convertirme en una indeseable para el cliente de mi jefe. Yo pensaba que mi jefe optaría por echarme y aún así le exigía constantemente que me trasladase a las oficinas de mi jefe, más próximas a mi casa. Sin embargo, por motivos que no logro entender, mi jefe no me ha echado. No tengo ni puñetera idea de por qué. He hecho miles de cosas susceptibles de convertirse en motivo de despido y aún así, él no me ha despedido. No lo entiendo, de veras.


Añadamos a todo esto una compañera mucho mayor que yo sin experiencia en telecomunicaciones y un socio de mi jefe déspota y psicópata (o al menos, ésta es la fama que todo el mundo le da al hombre; yo todavía no he visto en persona el temperamento que le otorgan y espero no verlo nunca - tanto si es real como si no -).


Es decir, que hay en esta situación muchos intereses de muchas personas variadas. Intereses que pugnan por ser éxitos, necesidades imperiosas, inteligencias más elevadas que la mía, astucias más evolucionadas... Y aún así, podría decirse que no he sido víctima de la situación.


He quemado etapas, muchas veces sin aprender nada en ellas. Pasando con más pena que gloria. Ignorando las consecuencias de mis actos. Ciega, loca. Siempre acercándome a las compañías que menos me beneficiaban. Y aún así, logro lo que quería: que me trasladen.


Y ahí viene mi desazón: ¿Esto es un logro o más bien el resultado de mis estrepitosos fracasos? ¿Esto me convierte en idiota o en genio? ¿Me he salido con la mía o me espera algo mucho peor que mi profunda ignorancia no es capaz de ver?


He ido quemando etapas y se me presenta otra nueva. ¿Haré lo mismo? Y si lo hago, ¿me saldrá bien la jugada o será una trampa más de mi mente?


Está por ver si lo sucedido es una ventaja para mí o un desastre que no logré preveer.