6 ene. 2006

¿Qué pasa cuando las cosas se rompen?

Nadie nunca nos enseñó qué hacer cuando las cosas se rompen. Aprendimos solos que si algo te gusta, que si algo te hace feliz lo debes cuidar y evitar que se rompa, porque una vez algo se rompe ya nunca vuelve a ser igual, por mucho que lo intentes arreglar (y lo logres, se entiende).

Pero, además de tener que aprender rudimentos de bricolaje (entre otras proezas), se supone que además debemos aprender nosotros solitos qué demonios hacer cuando lo que se ha roto es una sentimiento.
Claro, las cosas inmateriales no se pueden romper.
O eso creíamos.
Pero la verdad es que los sentimientos se rompen. Porque un sentimiento es un pequeño tesoro de valor incalculable.
Cuando alguien te regala sus secretos, cuando alguien te dice que no le gusta el pimiento, cuando alguien te habla de su familia, lo que está haciendo es darte un pedacito infinitamente bello y brillante de sí mismo. Un tesoro terriblemente frágil, pero poderosísimo, que, por supuesto, puede romperse.
Cuando se rompen los sentimientos, es para siempre, y ya no hay marcha atrás.
Cuando pierdes un secreto de alguien, cuando deja de hablarte de las cosas que siente o que le emocionan, está claro que la jodiste espectacularmente. Y, cómo no, para siempre.
Con muchas personas me ha pasado: les acaricias con palabras, les construyes el más bello rincón de paz y confianza, pero cuando llegan a un punto se asustan, porque los sentimientos son tan fuertes que confunden y marean.
Y, para qué mentir: yo la cagué. Porque cuando te dan muchos tesoros, te vuelves avaricioso. Y a mí siempre me dan más sentimientos de los que puedo gestionar. Demasiada riqueza, demasiada ambición.
Yo quisiera acaparar en mí todo el afecto del mundo. Mi falta es ésa. Necesito como sea ser querida, ser amada, hasta el límite más profundo. Hay quien necesita poder. Pero, para mí, el poder reside en lograr que la gente te quiera.
Es mi jodido error de siempre. Mi tara. Mi defecto más profundo. Y por eso, todo a mi alrededor acaba destruído. Mi ambición destruye todo lo que puedo llegar a alcanzar.
Y nunca puede arreglarse.



At the bureau

Te echo de menos...

Hoy ha sido muy triste, porque esta mañana no me acordaba de que te habías cogido el día libre para viajar a madrid con tu familia. Y cuando me levanté, y cogí el tren y luego el bus para ir al trabajo pensaba en la ilusión que me hacía enseñarte las fotos que ayer le hice a una gatita en la Universidad.
Y he llegado como cada mañana y no estabas. Y he esperado media hora y no llegabas y entonces es cuando he recordado que no ibas a venir, que hoy no te iba a ver.
Han sido unos meses muy duros desde que nos peleamos. No sé qué pasó, pero lo lamento profundamente. Y ahora vuelves a hablarme más o menos como al principio. Y vuelvo a sentirme a gusto a tu lado. Y te he echado de menos, porque la oficina está vacía sin ti.
Llenas mis horas. Me siento feliz contigo. Te tengo muchísimo cariño.
Hoy ha sido tristísimo. Me he pasado el día dándole vueltas a tu ausencia, mirando como hipnotizada tu asiento. Te han llamado un par de veces hoy. Problemas, como siempre. Uno quería que le confirmases una fecha de entrega y otro que todavía tenía problemas con la autofactura. Les he cogido nota y les he dicho que les llamarías el lunes.
Te estoy escribiendo estas cosas porque hoy no he podido hablar contigo. Te escribo como si estuvieses delante de mí, y me asintieses y me revatieses.
Me siento muy sola.
Te echo de menos.